Me
quedé mirandolo, como una tonta, para entenderle, para que me dijese la verdad
pero su silencio me aturdía.
Tenía ganas de pegarle, de gritarle, me daba
impotencia que fuese así de cruel e injusto conmigo. Quería
creer que había algo importante, que
quedaría "a pesar de todo" un pedacito de mí en él pero
bien sé que con el tiempo él me olvidaría
y posiblemente yo a él. Es y siempre fue inevitable. O mejor
dicho, no lo suficientemente
evitable
