Me decepcionaste. Pero lo que
somos es el inevitable resultado de lo que fuimos y no puedo dejar de alegrarme
de lo que soy, y mucho menos de haber sido. Me
decepcionaste, y no me arrepiento de
haber dejado que lo hicieras. No me arrepiento, por tanto, de haber
querido ser tuya, ni de haberlo sido; no
me arrepiento de haber creído en ti como no lo he hecho en nadie. No me arrepiento de haber
matado mi tiempo cuando tu voz se apagaba. No
me arrepiento de haberme olvidado todas aquellas tardes de mí, para
recordarte a ti. No me arrepiento de
haberte querido hasta trillarme el alma ni de haber creído, ilusa, que no
estaba a tu altura. No me
arrepiento de haberte acompañado en tu camino y de anhelar tu felicidad
por encima de la mía. No me arrepiento
de haber querido arrancarme la piel por ti, ni de haberlo hecho. No me arrepiento de haberte llamado por tu nombre, ni de
haber tenido fe en ti cuando nadie lo hacía. Y... la verdad es que no me arrepiento de haberte elegido, por más
que no haya sido tal como lo esperamos. Sé que nos volveremos a encontrar.