Admito que tu mirada me hacía sentir extraña. Estábamos solos, era nuestro momento,
lo sentía así. Luego de una larga charla quisimos caminar,
aceptando que mis pasos sigan los tuyos, y viceversa. Mirando de vez en cuando
hacia mi izquierda, -sí, me creerás una loca,
pero lo recuerdo perfectamente- ¿Qué más podríamos hacer
más que charlar? Claro! Abrazarnos y dejar que nuestros labios se conozcan, tímidamente
una y otra vez. Me dejaste sentir tu
aroma, pero no necesitabas permiso para sentir el mío.
